Viendo Top Chef, me di cuenta de que cocineros y arquitectos empleamos expresiones similares. Lo comentaba también mi amiga Isabel vía Twitter. Por ejemplo, ambos gremios hablamos de reinterpretar o de deconstruír. Sin embargo, mientras ellos decoran los platos y sus nombres, nosotros nos empeñamos en adornar el discurso completo. En eso nos parecemos más a los políticos, con los que compartimos el gusto por retorcer el lenguaje.

Este comportamiento es poco hábil para apelar a la confianza del cliente-votante, pero desencadena un efecto contrario en el compañero-camarada, que aplaude nuestras palabras con entusiasmo. Y por eso seguimos recurriendo a términos poco convencionales, hablamos de proyectos híbridos o intenciones transversales, y convocamos a un jury para un call for papers (perdonen que no abuse de las comillas para no volverles locos). Nuestro tono intelectualoide nos separa cada vez más del profano. Y por eso, el supuesto destinatario de nuestro mensaje, cansado de querer entender lo que no entiende, no nos compra.

Llevamos tiempo anclados a un discurso endogámico, tan plural como un tête à tête entre Soraya y Rajoy o Errejón y Monedero. El mismo que iniciaron nuestros gurús, los arquitectos Le Corbusier y Mies Van der Rohe, profesionales coetáneos y referentes ambos del Movimiento Moderno (que ya no lo es tanto). Ellos, entre otros, popularizaron la actual manera de construir, con pórticos (es decir, vigas y pilares) y planos de vidrio y hormigón. Renegaron del ornamento en Arquitectura y apostaron por la función como objetivo explícito, en detrimento de la forma. También democratizaron los estándares básicos de confort (ventilación, soleamiento, salubridad y privacidad). A cambio, los metros cuadrados pasaron a contarse al milímetro y se produjo un cierto desapego a la tradición, a las raíces y al entorno próximo.

Mientras, las monarquías y los imperios cedieron parte de sus privilegios a gobiernos de izquierdas y derechas. Los medios de comunicación se convirtieron en el cuarto poder. La radio, las revistas y posteriormente, la televisión, difundieron la estética radical del cubo, que conquistó el paisaje en poco tiempo. Y así hasta hoy.

La crisis ha sido una llamada de atención para advertir que a lo posible le ha de acotar la coherencia. Validar una sola respuesta en cualquier caso choca de pleno con la esencia del Movimiento. Actualmente impera una forma, independientemente del lugar. Y no resulta razonable plantear el mismo edificio en cualquier parte, sin contemplar la climatología, los materiales propios de la zona, el soleamiento, la historia y la experiencia.

Por tanto, resulta evidente, de facto y palabra, que en Arquitectura ni se puede construir como antes, ni se debe comunicar como antes. Que se ha agotado el contenido del discurso, y también el continente. Que hace falta una transición, como la que representan Pablo Iglesias, Albert Rivera o Pedro Sánchez en política, no por su ideología, sino por su voluntad de conectar con las necesidades de la ciudadanía.

La reinvención tiene más que ver con recuperar el sentido común que con hablar de lean canvas o design thinking; con volver a la esencia, sin ínfulas ni perífrasis verbales. Es posible que algunos no estén de acuerdo con esta opinión, que creo constructiva, y que expreso partiendo de mi experiencia, de mis conversaciones, de lo que escucho en mi entorno, hasta en las redes sociales. Y es que la soberbia ensordece. Así que quien tenga entendederas que entienda y quien crea que el tiempo pone todo en su sitio, que respire.