La solución a la crisis en la construcción, pasa por el cambio. Urge saber cómo reconducir la situación de un sector “en peligro de extinción”. Y si no queda más remedio, habrá que promover una transición paulatina hacia el ámbito de los servicios: una opción viable en Murcia, donde las condiciones climatológicas son excelentes y el turismo es una fuente de ingresos “más que digna”.

Carl G. Jung dijo que “todos nacemos originales y morimos copias”. Desde luego, en la época de la “burbuja inmobiliaria”, esta cita se hizo dogma. Se “demonizaba” la creatividad. Por lo general, se apostaba por un tipo constructivo estándar y de bajo coste, barato, que no bonito. Se trataba de conseguir el máximo margen de beneficio, a costa de reducir la calidad de proyectos y materiales. Lo original se desdeñaba, ya que resultaba poco confiable y costoso, además de arriesgado. Y así fue como muchas de las mayores aberraciones urbanísticas y arquitectónicas de todos los tiempos entraron a formar parte, “en bloque”, del “skyline” murciano.

 

Esto, sin duda, ha resultado ser muy perjudicial para la imagen de constructores y arquitectos. Pero el pecado lleva su penitencia: también son (somos) los máximos exponentes de una emigración sin parangón con pocas posibilidades de retorno.

Aún así, creo firmemente que muchos empresarios empiezan a darse cuenta de que resulta necesario descubrir nuevas maneras de vivir y habitar para ofrecer un producto inmobiliario “vendible” y comercial. Son conscientes de que hay que encontrar otras soluciones, materiales sustentables y distribuciones flexibles y de que la calidad de vida viene precedida de un diseño óptimo y apropiado en el entorno donde se ubica el edificio. No es factible repetir un modelo arquitectónico poco funcional y menos eficiente en materia de ahorro energético. Y ofrecer “más de lo mismo” no es viable en ningún caso sí se quiere percibir algún rendimiento económico. La mediocridad ya no vende.