Edgar González tuvo a bien invitarme a departir sobre Arquitectura y Negocio en el Palacio de Cibeles de Madrid, junto con grandes nombres de la Arquitectura Contemporánea como Jose Antonio Granero, Francisco Domouso, Miguel Luengo, Rafael de la Hoz, Santiago Fajardo, Ariadna Cantis, Antonio Ruiz Barbarín, Juan Lago Novoas, Ignacio Vicens, José María Ezquiaga, Teresa Sapey o Carlos Rubio Carvajal.

Cierto es que llegué nerviosa. Si bien mi vocación docente me motiva para afrontar mis discursos públicos, esta situación era muy diferente: iba a contar mi experiencia personal a la par que laboral. Me preparaba para “desnudar un poco” mi alma. Y si el “peaje” consistía en hacer participes a los demás de mis pensamientos “proactivos y propositivos” (como una vez comentó un compañero en Facebook), resultaba más necesario que nunca.

Ejem, ejem… Aquí viene mi discurso:

Vengo a contar mi experiencia, por si sirviese a otros arquitectos, o a cualquier profesional de un sector actualmente no productivo.

Primero estudié Arquitectura, trabajé como Arquitecta. Y en 2010, en plena crisis, me plantee una alternativa viable a ser proyectista.

Decidí entonces “montar” un centro formativo centrado en la Arquitectura y el Diseño: Academia Cimbra. En el plan de empresa inicial, sólo aposté por el apoyo a las carreras de Arquitectura e Ingeniería recién implantadas en mi ciudad. Y no contemplé lo que sucedió a posteriori: la adopción de esta misma idea de negocio por parte de otros centros académicos (nota mental: si un negocio es fácil de reproducir, se reproduce).

Bajaron los precios y tuve que pivotar el modelo y aportar valor con contenidos y profesores exclusivos para romper la baraja a mi favor. Entonces promoví una serie de cursos cortos, compactos, que versaban sobre las actitudes y habilidades que necesitaba desarrollar el profesional autónomo (oratoria, marketing, comunicación, etc.) sumadas a las aplicaciones tecnológicas que resultaba recomendable que aprendiese (SketchUp, Photoshop). Los programas de dichos cursos se basaban en lo que yo misma había tenido que aprender de nuevo para reorientarme, en los criterios básicos del branding, de la gestión financiera, de las técnicas de venta.

Esto, que puede parecer un “rollo”, puede ser muy divertido y creativo, sobre todo lo que tiene que ver con la idea de modelo de negocio y el enfoque publicitario.

El caso es que tuve que “ponerme las pilas”. Aprendí, por ejemplo, que mostrar empatía con el cliente y estar pendiente de él, es en realidad, ser comercial, y que la actitud “agresivo-acosadora” forma parte del pasado. Ya nadie vende así un servicio profesional. Que el buen diseño es obligatorio en la nueva empresa (¿qué prefieres, un iPhone o un “teléfono ladrillo”?). Que Google, y en concreto, el SEM, es una herramienta publicitaria imprescindible. Que se tiene que elegir entre ser una empresa grande o ser especial, y que si no eres ni lo uno ni lo otro, no tienes posibilidades de mercado. Que el interiorismo en un local comercial marca la diferencia y decide la experiencia “offline”.

Y también que, por desgracia, los cv son papel mojado y que reinventarse, hoy por hoy, es casi la única manera de conseguir trabajo en España.

La “Experiencia Cimbra”, inicialmente, fue tremendamente “estresante”. La formación era un sector en el que no tenía tanta experiencia, y la empresa, aún menos. Tener que afrontar mis inseguridades, y exponerme a ellas sin poder delegar, me hizo incrementar enormemente mis habilidades comerciales y explorar facetas de mi propia personalidad que creía olvidadas. A veces, una inyección de “adrenalina laboral”, no viene mal.

Así, además de desarrollar mi autoestima, recuperé mis pasiones. Volví a dibujar, a escribir, a charlar con los clientes. Mi trabajo me hacía feliz como nunca antes lo había hecho. Porque me atrevía con todo. Y perder el miedo te hace “volar”.

Hice cosas inimaginables hace algunos años para mí, como impartir clases de proyectos de Arquitectura. Mi “reinvención” me había servido para abstraer un concepto y convertirlo en algo tangible. Me di cuenta de que los arquitectos somos profesionales transversales y que sacamos ideas de “debajo de las piedras”. Que trabajamos con un profesional de otro sector, y podemos ampliar su perspectiva de una forma siempre positiva. Y eso es que lo que realmente nos distingue de otros profesionales, además de lo obvio (la visión espacial, saber calcular o dibujar): nuestra capacidad de “proyectar”, también en otros ámbitos, no ya constructivos, sino empresariales. Lo que ahora se llama Design Thinking.

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Haber sido empresaria durante tantos años me ha hecho empatizar con mis actuales clientes, los empresarios. Quizá porque el dinero propio duele mucho cuando se toma una decisión fallida, y por eso, trato de ingeniármelas para convencerles de que, si se actúa en base a un concepto coherente y a una experiencia del cliente alternativa y enriquecedora, todo funciona. Resulta importantísimo que haya sintonía y confianza entre arquitecto y cliente, y para ello, hay que asumir que el proyecto forma parte de un negocio, se trate de una guardería o una pastelería.

Y para dar a conocer a los clientes las competencias de los arquitectos, me “lancé” con un programa de radio llamado “Pon un Arquitecto en Tu Vida“, escribo artículos de diseño comercial en un periódico digital de economía o trato de incentivar el debate entre los arquitectos desde las Redes Sociales.

Mi apuesta para superar la crisis pasa por el cambio, activando dinámicas distintas. Si se actúa diferente, se consiguen resultados diferentes. Os animo a revisar, a través del “pensamiento lateral”, un modelo de Arquitectura y de Negocio que ya no es válido tal y como existía. A que construyáis un servicio profesional propio sin copiar a otros, teniendo en cuenta vuestra experiencia, vuestras fortalezas, y un posible nicho de mercado. Hay otras necesidades distintas, y hay que reorientarse a ellas.

¿Y vosotros, qué pensáis?

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